domingo, 30 de diciembre de 2012

...y se acabó




La verdad es que tenía la intención de no hacer un post sobre la "Marea Blanca", pero no me resisto a no hacerlo.

Sorpresa y negación. Lo recuerdo perfectamente. Yo estaba en casa, era mediodía, acababa de hacer la comida y estaba esperando a mi marido. Era 31 de octubre, justo antes del Puente de Todos los Santos. Cuando llegó vi en su cara que algo pasaba: "Nos privatizan... privatizan todos los hospitales nuevos y La Princesa va a pasar a ser un geriátrico". No me lo podía creer, hace tan sólo 15 días habíamos comentado los rumores sobre privatización, y nos reíamos de lo "bestia" que podían ser algunos rumores, de todo lo que se decía y que parecía que había un especie de competición por ver quien decía el rumor más inverosímil. Y ahí estábamos los dos en la cocina, sin poder creérnoslo.

Entendiendo los motivos. Al principio eran todo rumores y noticias sin sentido. Aparentemente las dos noticias no tenían conexión... Poco a poco empezamos a entender los motivos. El porqué de hacer un hospital sólo para atender pacientes ancianos... y caros; las conexiones que había con las potenciales empresas responsables de la nueva "externalización"... las cuentas no salían ¿de dónde venían las cifras que nos daban? ¿en que documento VALIDO se sustentaba toda esta reforma? ¿por que tanta prisa por hacer una reforma de tal envergadura? ¿por que no había debate social y abierto para algo tan importante como un cambio en el modelo sanitario?... demasiadas preguntas con respuestas muy poco claras. Comenzaba la indignación.

Las movilizaciones. Por primera vez en la historia, los médicos íbamos a hacer huelga. Entre nosotros siempre nos hemos quejado de ser un colectivo muy poco activo, pasivo incluso. Siempre comentábamos con sorna que lo que hacía la administración con nuestro colectivo nunca se atrevería a hacerlo con otros, y siempre surgía alguien, que comentaba "que claro nosotros atendemos pacientes, personas enfermas, y esa es una gran responsabilidad que hace que prácticamente nunca se justifique una huelga". Y sin embargo, se convocó. De manera indefinida, y con una duración inicial mínima de un mes, el plazo que teníamos hasta la aprobación  de este sinsentido. El seguimiento fue masivo, y no era fácil.

Aguantando. Ya desde el principio fue difícil, en todos los sentidos. En primer lugar, entre los propios compañeros.  De repente, te ves obligado a tomar decisiones, a tener una actitud, a elegir... y esas diferencias marcarán un antes y un después en muchos sentidos. Por otro lado, son muchos los momentos de duda; te planteas continuamente si el esfuerzo servirá de algo, si estás en el bando correcto o si te estás equivocando, empiezas a recibir presiones desde los puntos más insospechados... Todo este tiempo ha sido como vivir en una montaña rusa: había momentos de euforia, donde parecía que nos íbamos a comer el mundo... y otros de mucha tristeza, estabas totalmente convencido de que todo el esfuerzo era en vano...

De repente, llegó el temido día 20, que pasó sin pena ni gloria. Casi sin enterarnos. No hubo ningún cataclismo, ni se oscureció el sol, ni nada por el estilo. Una simple nota de prensa bastó para saber que ya nada iba a ser igual. De momento, hemos perdido.

Reflexionando. En el último mes me he vuelto a plantear mi futuro laboral una y otra vez. Tan sólo tres años después de la última vez, aunque en aquella ocasión fue de forma voluntaria, y con un final feliz. Ahora no es igual, ahora viene impuesto por gente que ni siquiera entiende lo que significa ser médico: atender a pacientes, creer de verdad que lo que haces en el día día ayuda a  otras personas a curar, a mantener la salud... perdonadme este momento de egocentrismo, pero ¿puede haber un trabajo más importante?

Incertidumbre. Desde el día 31 de octubre, tengo una sensación de inseguridad que antes no tenía. Inseguridad en las "reglas del juego". De repente soy consciente de que éstas pueden cambiar sin previo aviso, y que no tienes derecho a réplica. De repente miro a mi alrededor y cada vez me gusta menos lo que veo. Me siento engañada, estafada, indignada y desmotivada. Ha sido un proceso agotador; el desgaste emocional ha sido brutal, y ahora lo que nos queda es recoger los pedazos y recomponernos.

Esperanza. Al menos nos queda el consuelo de haber colaborado en algo importante, algo que sin duda será recordado, y podemos estar orgullosos. Quizás en unos años, cuando mis hijos me pregunten ¿mama, y tu que hiciste? podré decirles que yo estuve allí, luchando por mis ideas.

Ahora haremos lo que haya que hacer, e iremos donde haga falta, pero con la cabeza muy alta.

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