viernes, 27 de septiembre de 2013

Los pequeños sacrificios

Una vez había una madre que quería mucho a sus hijos, y estaba dispuesta a todo por ellos. En el día a día hacía pequeños sacrificios por ellos, y se sentía muy orgullosa de su actitud. Esos pequeños sacrificios la hacían sentir bien, la hacían sentir buena madre.

Los domingos siempre comían pollo, y era una tradición que ella repartiese la comida. Su parte favorita era el muslo, pero siempre repartía cada uno de los dos muslos a sus dos hijos, y ella se conformaba con la pechuga. Hacía este pequeño sacrificio pensando que era su deber, que era su pequeño sacrificio como muestra de todo su amor por ellos, y esperando en el fondo, que ellos hiciesen lo mismo por ella en algún momento.

Al cabo de unos años, y en una de esas discusiones en las que uno se ofusca tanto que dice cosas injustas, ella les reprochó todos esos muslos que ella siempre les había dado. Ella les reclamaba entonces que ellos no hicieran "un  pequeño sacrificio" por ella, que tanto les había dado. Sus hijos estaban sorprendidos: ellos nunca se lo habían pedido, y si hubieran sabido que ella hacía ese pequeño sacrificio, no lo hubieran aceptado. A ellos en realidad, no les gustaba el pollo.

Esta historia me la contó un buen amigo una vez y pienso en ella a menudo. A veces hacemos cosas por los demás sin contar con ellos, como un pequeño sacrificio que llevamos en silencio y que nos hace sentir bien con nosotros mismos, esperando en el fondo que ese esfuerzo nos será recompensado. No nos damos cuenta que nos estamos equivocando.

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