jueves, 24 de abril de 2014

Microrrelato

Esto es todo un atrevimiento por mi parte, porque realmente no se escribir; aunque es gracioso que una parte de mi trabajo se trata de eso, de escribir y contar lo que veo y con eso hacer un diagnóstico, o al menos, intentarlo. Claro, que poco tiene que ver hacer un informe radiológico con escribir un cuento.

Tengo que darle la razón a mi madre, y decir que cada vez que lo he leído he cambiado una palabra, una coma, una falta...

Para que no haya dudas, esta historia es inventada, aunque a partir de cosas reales. Durante unos meses mi trabajo ha cambiado y he tenido que usar el transporte publico cada mañana. Eso hace que cada día coincidas con las mismas caras, en los mismos sitios y a la misma hora. Fin de las coincidencias.

Con esta historia lo que  intento transmitir es que, una vez más, incluso en medio de los momentos malos podemos encontrar un pequeño gesto que nos haga sonreír, y quien sabe, a lo mejor de ese pequeño gesto nace algo bonito.

Ahora, definitivamente, me lanzo a la piscina y os enseño mi primer microrrelato. Espero que os guste.


Odio mi trabajo. Sé que debería sentirme agradecida por tener un trabajo en los tiempos que corren, pero lo odio con toda mi alma. Mi empresa se ha trasladado y eso hace que mi antes acomodada vida se haya transformado en una agenda con horarios imposibles. No me gusta madrugar y sin embargo ahora debo levantarme temprano cada mañana y coger dos autobuses y el metro hasta llegar a la gran ciudad. Ese ajetreo siempre me ha vuelto loca. No me gusta. Salgo de las escaleras del metro y no veo mas que gente caminando de un lado para otro, todos andando deprisa y sin mirarse nunca. Rápido, rápido, deprisa, deprisa. En mi cabeza siempre se dibuja la imagen de un enjambre de abejas, todas hacendosas y sin parar.

Sin embargo, incluso en esos días tan grises y tristes ...

La primera vez que me fije en él me pareció un chico guapo sin más. Pasados unos días comencé a darme cuenta que no era raro que nos cruzásemos cada mañana a la misma hora y en la misma calle. Y es inevitable, ahora todos los días pienso en él y me pregunto si nos encontraremos. Me pregunto si él también se habrá dado cuenta, y si también pensará en mi, si me recordará, y si deseará como hago yo que nos encontremos. Me gustaría pensar que si.

Es gracioso, pero poco a poco, mis mañanas tan grises antes, se van tiñendo de color. Ya no pienso en las largas esperas del autobús, ni en la velocidad de la gente al caminar por las mañanas. No, ahora mientras voy en el autobús miro por la ventana y me pregunto si nos cruzaremos. Y esa simple esperanza me hace sentir feliz por unos instantes.

Al principio bajaba la cabeza y mientras miraba al suelo una gran sonrisa se dibujaba en mi boca. Sólo en el momento que nos cruzábamos me atrevía a mirarle durante un instante antes de apartar la mirada rápidamente. Él me devuelve la mirada, y ese simple gesto me hace ser feliz. Es mi momento de felicidad en esas mañanas tan grises.

Hoy, como otros días, le veo caminar a lo lejos, acercándose a mí, cruzándose una vez más en mi camino. Es un chico alto, de ojos verdes, con barba descuidada de varios días. Siempre tan elegante, con ese caminar que ya desde lejos adivino como suyo. En cuanto le veo, mi corazón se acelera y no puedo evitar sonreír para mí misma.

Pero hoy ha sido diferente. Justo unos pasos antes de cruzarnos, él se ha parado y me ha dicho "Hola".

2 comentarios:

  1. ¡¡Vaya sorpresa!!

    Buen comienzo, pero ahora hay que seguir...

    Ya has conseguido lo fundamental en cualquier relato, novela, libro, poesía...es decir...¿cómo sigue?

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  2. muchas gracias!!

    ufff, ha sido muy difícil, la verdad. Llevo ya un par de meses escribiendo esta historia en mi cabeza, y después otra vez sobre el papel, haciendo un montón de modificaciones y cambiando el enfoque una y otra vez... pero bueno, poco a poco

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