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Estudiar Medicina supuso un gran esfuerzo y muchas horas de biblioteca, así que lo primero que fui es "Estudiante". Después empecé a trabajar y fui "medico", pero con minúsculas... aquello no era lo que yo pensaba y había demasiados obstáculos para ejercer una de mis pasiones. Vinieron los niños y fui "MADRE", en mayúsculas y a tiempo completo; en aquel momento no había sitio para nada mas. Menos mal que mi compañero sacó a la "Compañera de vida" que había en mí y poco a poco fue encontrando su hueco entre la "Madre", que empezó a ceder espacio, y el "Médico" que volvía a intentarlo. Después de casi una década de buscar el equilibrio entre la Mujer, la Madre y el Médico la vida me ha sorprendido de manera inesperada y me ha hecho perder el equilibrio y caer. Empiezo de nuevo este blog con la intención de que me cure por dentro, de sanarme y poder encontrar al fin el camino que me devuelva algo de sosiego.

miércoles, 20 de mayo de 2015

A veces ser médico es difícil

Siendo Radióloga uno de los pocos momentos en los que tengo contacto con los pacientes es mientras les hago una ecografía. Y debo confesar que es una de las cosas que más me gustan, porque me permiten de alguna manera disfrutar de la mejor parte de la relación médico - paciente.

Sucede sin embargo, que mientras les haces una ecografía a los pacientes, éstos suelen estar preocupados por ver "que sale", y todos ellos te miran fijamente a la cara para intentar adivinar por tus gestos si el veredicto será favorable o no.

Esto es mucho más evidente cuando las ecografías son mamarias, para despistaje de cancer de mama. Las mujeres no te quitan ojo y están muy pendientes de todos tus gestos, de si haces fotos, si te paras y miras alguna zona un rato mas...

Hoy he tenido una paciente que venía a hacerse una ECO de mama por un bulto que le ha aparecido hace unos meses. Venía con su hija, una niña preciosa de 8-10 años, como cualquiera de mis polluelos.

Cuando han entrado y me ha contado lo que sucedía he pensado "Por favor, Dios mío, que todo esté bien y que no tenga que decirle nada malo con su hija al lado".

No ha podido ser. Mientras le hacía la prueba ha estado mirándome fijamente, como siempre. Y ha llegado ese momento fatídico en el que sólo yo sé lo que va a pasar. Un adjunto mío decía que en ese momento, sólo tú y Dios sabéis la verdad, y siempre le recuerdo.

Yo he mantenido mi cara imperturbable, no es fácil, pero la tengo ensayada para estas ocasiones; a veces los médicos tenemos que ser un poco actores y no dejar ver lo difícil que es a veces nuestro trabajo. Después cuando he terminado y la paciente me ha preguntado qué era lo que había visto, pidiendome que fuese sincera con ella, le he explicado la situación. El discurso también lo tengo ensayado, e intento no salirme del guión, pero es muy complicado. Se lo he explicado de la mejor manera que sé, despacito, sin mentir pero sin alarmar y con ese lenguaje figurado que tan bien dominamos los médicos para que su niña no entendiese demasiado. Ella, con todo, me ha dado las gracias por habérselo contado así.

En este trabajo, de vez en cuando, suceden cosas así. Pacientes con los que te identificas y les pasan cosas difíciles y eres tú el que tiene que decírselo. Entonces, no queda más que respirar muy hondo, tragar saliva e intentar seguir. Pero cuesta.

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